GRUNDlee, Paréntesis, Sin categoría — 20 diciembre, 2011 at 18:40

Experimentos sobre el vacío

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Editorial Paréntesis (Colección umbral) 1º Edición Noviembre 2011 ISBN: 9788499192000 317 págs.

Tuve el placer y la suerte de comenzar a leer Experimentos sobre el vacío hace un año, cuando aún no se había publicado, gracias al manuscrito en PDF que llegó a la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Un cúmulo de indescriptibles e injustificables despropósitos, hizo que la terminase tiempo después toqueteando su versión impresa en el aeropuerto de Barajas. Edición preciosa, por cierto.

No es una novela fácil, y ahí radica todo su atractivo, en el nivel de exigencia que la autora pide al que la lee. De ese modo el “pacto”  de comunicación establecido ente escritor y lector no sólo es posible, sino que adquiere una dimensión cómplice, con el riesgo de exclusión tan grande que siempre supone un texto de estas características. Valor a Nieves Vázquez no le falta.

La autora no es una desconocida en el mundo de la literatura, pero como la propia Emily Dickinson, de la que habla con tanto amor en la novela, está cerrada; más que cerrada presa de sí misma, presa de lo que es y de lo que quiere ser. Lejos de los focos, aunque su escritura deslumbre, de las pocas escritoras para la que la literatura, es literatura y para la que todo lo demás, es lo de menos.

Una trayectoria magnífica desde que publicase su primer libro de relatos: El día de la ballena, siguiese con el preciosista EL cielo asusta  y terminase con el reciente ganador del premio TIFLOS de relato, La velocidad literaria; mi favorito, sin duda. Vitalista y comprometido, con trazos de juventud imprescindibles que derrochan rabia y desvergüenza a partes iguales. En ese libro se encuentra el mejor relato escrito sobre el caso del inyecto Walter Benjamin, Uri Cane, o el detective Bolaño. Pero el tema que nos ocupa es su primera novela, Experimentos sobre el vacío, finalista de los premios Carolina Coronado y Jaén de novela.

La coraza estructural se compone de tres partes que son a su vez muchas partes. El juego metaliterario es una constante en casi toda la novela, especialmente en el primer tramo, donde la excusa perfecta acompaña a la palabra precisa para terminar construyendo un poliedro irregular –que el lector puede armar ya que se incluye una copia de tan extraño y afable recortable- cuyo origen es el trío: Thoreau, Poe, Dickinson. La figura se hace compleja a medida que las referencias literarias, musicales y vitales van apareciendo. Julio Cortázar, Charlie Parker, Carlos Onetti, Borges, Joyce, Thelonious Monk, etc…  Bajo todo esto, la búsqueda del padre, la búsqueda interior, ajustar cuentas con el pasado para terminar concibiendo al tiempo como un ente extraño. La realidad como una mera excusa sobre la que  transcurren estas páginas: “Ya es el único libro que lee, reducción al absurdo, y no sabe cuando lo leyó por primera vez, esas precisiones temporales hace tiempo que dejaron de importarle”.  Chesterton decía: “Qué manía tiene la realidad con ser lo único que existe”. Nieves Vázquez en esta novela hace que la sentencia tenga un sentido distinto y nos muestra la importancia de la estructura, de la construcción del relato, del juego y del vacío. Como reto, reproducir poco a poco la relación que se establecen entre los nombres que aparecen y procurar comprender la totalidad de su significado. Difícil, por suerte.

Gran parte de la acción transcurre en los Estados Unidos de los sesenta, donde la protagonista conoce a Mr Tambourine, misterioso personaje obsesionado con las lenguas casi extintas, habitante de una casa llena de gatos y con el alma “nietzscheanamente” atormentada. Aparentemente el final de la historia, aunque se trate sólo del comienzo. Todo ello mientras la protagonista continúa la búsqueda de su padre, un brigadista de la Brigada Lincoln en la Guerra Civil Española, con sección epistolar incluida y la presencia de un tal Hemingway de por medio.

Una novela de novelas en las que transcurren cientos de anécdotas de todos los tipos, como decía Bowles: “Existen tres tipos de anécdotas, las literarias, las de la guerra y las otras”. Los amantes de la literatura agradecerán revivir en sus cabezas el momento en el que Juan Carlos Onetti se rompió la mano en su baño, cuando leyó en “El perseguidor” de julio Cortázar, que la hija de Johny había muerto; o cómo se siente al ir a comprar una Fender Stratocaster y encontrar a Stevie Wonder tocando el piano en una tienda de música de L.A., en vísperas de navidad. Nica enamorada de Charlie Parker o de Thelonious Monk, Nica como la gran diosa de cuyas tetas bebían todos los jazzman, Nica aristócrata de la gran manzana en los tiempos en los que los hipsters eran ratas disfrazadas de enfants terribles, en los que eran artistas, músicos y como decía Norman Mailer: “casi nunca escritores”. En Experimentos sobre el vacío vemos como la historia, la gran historia, la componen a su vez cientos de historias, cientos de aristas que forman el gran poliedro. Aristas hilvanadas a la perfección donde gracias a los cielos, la posmodernidad brilla por su ausencia. Lo de menos son las anécdotas, lo de menos es el padre, lo de menos es Harriet –la protagonista-, lo de menos es la literatura. Aún a riesgo de que la propia Nieves Vázquez escupa sobre mi tumba, puedo decir que nada de lo que ha escrito la autora o de lo que hayan vivido los protagonistas importa, pero que no importe no significa que no merezca la pena sentirlo. Por suerte el nihilismo como única religión que: “provoca un desasosiego interior, ese que te hace apetecer el filo de los acantilados o el pretil de los pozos”.

La novela como refugio, el hogar como refugio, el miedo al hogar. La tercera parte de la segunda parte. El sueño del vagabundo: “Un carro de la compra que es su mayor propiedad y donde guarda las únicas pruebas de que alguna vez se llamó de algún modo”, “Y vas y te preguntas: ¿Dónde está mi casa? En la mochila, te dices, en la mochila.

Carezco de  la madurez intelectual y vital para asumir la trascendencia de esta novela, posiblemente la mejor de comienzos del siglo XXI. Nunca me he llevado bien con la geometría, aunque admire su forma y a quienes como Nieves Vázquez logran crear universos infinitos mediante palabras y obras como la que nos ocupa. Ella lo hace inspirándose en otros autores que conoce bastante bien, pero siempre con su propia voz, femenina, amable, a veces sucia, con miedo al tiempo, al cielo y en ocasiones al vacío. Ni Cortázar, ni Borges, ni Perec, el nuevo paradigma viene de la mano de una profesora de universidad que desde siempre jugó a escribir. Mucha gente pierde, pero en su caso somos los demás los que hemos ganado.

Salvador J. Tamayo